Viajes, cambios de rutina y menor disponibilidad de redes de apoyo aumentan la vulnerabilidad de las personas mayores en verano. Especialistas advierten que el principal desafío sigue siendo asegurar un cuidado continuo más allá de las leyes.
El verano expone el lado menos visible del cuidado en personas mayores, un período en que viajes, cambios de rutina y menor disponibilidad de redes de apoyo pueden incrementar los riesgos para este grupo, pese a los avances legislativos en materia de envejecimiento digno.
Mientras Chile avanza con la nueva Ley Integral de Personas Mayores, especialistas advierten que esta época del año concentra factores que aumentan la vulnerabilidad, desde la suspensión de controles médicos hasta el debilitamiento del acompañamiento cotidiano.
Durante el verano, muchas familias reorganizan su vida cotidiana debido a vacaciones, viajes o cambios laborales, lo que impacta directamente en las redes informales de cuidado. Hijos, nietos o cuidadores no profesionales pueden estar menos disponibles, dejando a algunas personas mayores con menor supervisión.
A esto se suman las altas temperaturas, que incrementan el riesgo de deshidratación, desorientación, caídas y descompensaciones en personas con enfermedades crónicas, junto con la suspensión o espaciamiento de terapias y controles médicos.
Desde la mirada clínica, el geriatra Jorge Browne advierte que pequeños descuidos pueden tener consecuencias importantes. “La falta de hidratación, el olvido de medicamentos, las caídas o la exposición al calor son factores que se vuelven más frecuentes cuando se rompen las rutinas habituales”, explica.
El especialista agrega que muchas hospitalizaciones podrían evitarse con supervisión básica y apoyo oportuno. “No se trata solo de enfermedades, sino de acompañamiento. Gran parte de las hospitalizaciones en verano podrían prevenirse con alguien atento a los cambios cotidianos”, sostiene.
La reciente ley pone el envejecimiento en el centro del debate público, pero el verano vuelve a instalar una pregunta clave: cómo asegurar un cuidado continuo cuando las rutinas familiares se alteran.
“El cuidado no se toma vacaciones. En verano se hacen más visibles las brechas del sistema: menos seguimiento médico, cuidadores difíciles de reemplazar y familias que, sin proponérselo, pueden dejar espacios de vulnerabilidad”, señala Nicolás de la Carrera, fundador de SITU Care.
Según el especialista, el principal vacío no está en la normativa, sino en la falta de un modelo estructurado de cuidado permanente. “Muchas personas quieren seguir viviendo en sus casas, pero eso requiere coordinación, seguimiento y apoyo profesional durante todo el año”, afirma.
De la Carrera subraya que el impacto real de la nueva ley dependerá de la capacidad del país para avanzar hacia un sistema preventivo, flexible y sostenido en el tiempo. “El desafío es pasar de un cuidado que depende de la disponibilidad de la familia a uno permanente, que considere tanto la salud física como el bienestar emocional”, concluye.
En este escenario, comienzan a surgir modelos de acompañamiento domiciliario que buscan responder a una necesidad que aún no cubren completamente ni el sistema público ni las redes familiares tradicionales.
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