#Columna de Opinión

“No es progreso si destruye lo que sostiene la vida”

Viviana Diaz Carvallo

Ecologista

Presidenta Fundación Karün


Hay decisiones que se celebran como progreso, pero que en silencio van borrando lo que hace posible la vida en las ciudades. Construir sobre humedales, reducir áreas verdes o intervenir áreas protegidas suele justificarse como desarrollo. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿qué estamos perdiendo a cambio?

En Chile, los humedales urbanos han pasado de ser espacios ignorados a territorios en disputa. Durante años fueron vistos como terrenos “disponibles”, listos para ser rellenados y urbanizados. Hoy sabemos que cumplen funciones esenciales; regulan inundaciones, filtran contaminantes y sostienen biodiversidad. No son espacios vacíos, son infraestructura natural.

Sin embargo, el conflicto persiste. Proyectos inmobiliarios y obras de infraestructura siguen avanzando sobre estos ecosistemas, muchas veces bajo el argumento de la necesidad de crecimiento urbano. El problema es que ese crecimiento suele ignorar algo básico; la naturaleza no funciona según plazos administrativos.

Cuando se construye sobre un humedal, no solo se pierde un paisaje. Se altera un sistema que regula el agua. Y las consecuencias aparecen después, calles inundadas, sistemas colapsados, ciudades menos resilientes. Lo que parecía una solución rápida termina siendo un problema permanente. Algo similar ocurre con los parques nacionales como el proyecto en el Parque Puyehue. Reducir áreas verdes para dar paso a nuevas construcciones puede parecer eficiente en el corto plazo, pero deteriora la calidad de vida. Menos espacios verdes significa más calor, peor calidad del aire y menos lugares de encuentro. En ciudades cada vez más densas, estos espacios no son un lujo, son una necesidad.

Aquí el debate no es estar en contra del desarrollo. Es preguntarse qué tipo de desarrollo estamos impulsando. Porque no todo lo que se construye es progreso. Y no todo lo que se protege es un obstáculo. El punto crítico es este; las soluciones permanentes no pueden ignorar los ciclos de la naturaleza. Cuando lo hacen, el costo no desaparece, solo se traslada en el tiempo. Y casi siempre vuelve en forma de crisis, climáticas, sanitarias o sociales. Entonces, la decisión no es técnica, es política y ética. ¿Seguimos ocupando cada espacio disponible como si fuera infinito, o comenzamos a reconocer límites? Porque una ciudad que elimina sus defensas naturales no se vuelve más moderna. Se vuelve más frágil. Y en ese escenario, el verdadero problema no es la falta de infraestructura. Es la falta de visión.

Notero Regional

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