Rodrigo Howard
Gerente comercial de Loginsa
Los recientes temporales que han afectado al país, además de generar situaciones de emergencia y requerimientos humanos y económicos, pusieron a prueba, una vez más, nuestra infraestructura logística, especialmente en el norte.
Y si bien este sector ha demostrado una importante resiliencia, reaccionando con agilidad para reencaminar envíos, desplegar equipos y personal e improvisar soluciones, esto no ha sido suficiente para cubrir la debilidad de nuestra red logística: cuando la Ruta 5 se interrumpe, el país queda virtualmente dividido en dos.
En ese contexto y en momentos en que poco a poco se vuelve a la normalidad, esta fragilidad nos llama a extraer lecciones claras y transformarlas en políticas públicas y estrategias privadas de largo plazo.
Por mencionar las principales lecciones, está claro que no podemos seguir confiando el flujo de insumos críticos a un solo corredor terrestre. Es urgente avanzar en el pavimentado, ampliación y fortalecimiento de rutas secundarias y vías precordilleranas que puedan operar como bypass efectivos. La redundancia vial no es un costo prescindible; es un seguro de continuidad operacional para el comercio, la industria y, sobre todo, para el bienestar de la ciudadanía.
Otro problema es la alta concentración de nodos logísticos en la Región Metropolitana, lo que genera un cuello de botella sistémico. Promover la creación de nuevos centros de distribución regionales diversificados —dotados de inventarios de seguridad para insumos de primera necesidad— reduce sustancialmente el riesgo de desabastecimiento. Si las vías terrestres fallan durante días, las regiones deben contar con autonomía logística suficiente para sostener la demanda local.
También debiéramos considerar que las costas chilenas que actualmente es un recurso estratégico subutilizado ante emergencias terrestres. La vía marítima debiera ser el respaldo natural ante el colapso de las carreteras. Para ello, es indispensable acelerar la revisión y flexibilización de la Ley de Cabotaje, permitiendo que en momentos de fuerza mayor se dinamice el transporte de carga entre puertos nacionales sin trabas burocráticas. Un sistema marítimo flexible actuaría como una verdadera autopista marina cuando la tierra ceda.
Asimismo, en las situaciones más críticas, donde el tiempo determina la salvaguarda de vidas o el suministro rápido de insumos médicos y agua potable, la aviación comercial y de carga representa la última línea de defensa. Se requiere protocolizar planes de contingencia para la activación inmediata de puentes aéreos, junto con el fortalecimiento de la infraestructura en aeródromos y aeropuertos regionales.
La resiliencia logística en Chile no debe medirse únicamente por la rapidez con la que despejamos una carretera destruida, sino por la capacidad de nuestro sistema para seguir funcionando a pesar de que esa carretera no esté disponible. La integración público-privada, el uso inteligente de la multimodalidad y una visión prospectiva del territorio son los cimientos sobre los cuales debemos edificar la logística del futuro.
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