junio 21, 2024
 El masculino está llamado a deconstruirse desde su privilegio

El masculino está llamado a deconstruirse desde su privilegio

Es común escuchar en círculos de conversación de distinta índole, personas derechamente empatando los conceptos de feminismo y machismo.

¿Por qué no son conceptos comparables ni equiparables? El feminismo es un movimiento que está lejos de intentar generar una posición de dominación sobre la población masculina, sino que se presenta como una visión justa y de reivindicación respecto de la posición y roles de ellas en un mundo donde representan prácticamente el 50%.

Porque la masculinidad hegemónica no es un movimiento sino una estructura, una tan profunda que nos llevará décadas poder desestructurar. Y es el apellido de esta masculinidad lo que más debiese llamarnos la atención, no es masculinidad a secas, sino que usamos el concepto de hegemónica. Porque tiene la potencia de ser el conjunto de constructos, tan arraigados en la sociedad que intervienen tanto en la vida pública como privada de las personas, que determina muchas veces las decisiones que tomas los estados en la creación de futuro de sus naciones, porque trasciende los pragmático y de instala en lo profundo, en la educación, en la cultura, en todo.

Y es esta hegemonía la que nos entrega una responsabilidad profunda a los hombres en la construcción de una sociedad feminista, donde los masculino y lo femenino sean elementos equiparados e incluso lleguen a ser completamente irrelevantes en una gran cantidad de ámbitos.

Pero para que esto llegue a suceder tienen que pasar muchísimas cosas, tanto a nivel de sociedad macro, en los colectivos, en las familias y por supuesto también a nivel individual.

Los hombres podemos, y debemos, aportar a la construcción de una sociedad feminista, pero debemos ser conscientes que lo hacemos desde la posición privilegiada que la masculinidad hegemónica regente nos otorga. Acá las que están dando la verdadera lucha son las mujeres, no obstante, no podemos excluirnos. Hay que deconstruir desde adentro, desde el privilegio. 

Porque hay un espacio fundamental desde el cual no se suele entrar con tanta facilidad en la discusión. Insisto, porque se hace desde el privilegio y la posición culturalmente dominante que es el machismo que ha regido la sociedad occidental desde que la historia comenzó a contarse. La masculinidad también es una trampa para los propios hombres.

Conceptos como hombría, virilidad y tantos otros han sido una jaula de oro para muchos hombres que, vivido un desarrollo complejo en esta heteronormatividad, que facilita, pero también coarta; que potencia, pero también debilita; que activa, pero también deprime. Porque la falta de libertad es el lugar donde muchas de las patologías de salud mental se originan.

El sociólogo José Olavarría explica en su artículo “Modelos de Masculinidad y desigualdades de género” (Olavarría, 2004) que el modelo hegemónico de ser hombre responde a unas pautas construidas socioculturalmente, aunque se pretenda mostrar como algo inherente entre los hombres. Y este es probablemente uno de los puntos centrales de la discusión y de la deconstrucción posterior. Idea de un cierto orden natural que posiciona a los masculino en un lugar de dominio indiscutido e indiscutible. Esta es la posición que presentan muchos de los grupos dominantes para oponerse al avance del feminismo, la idea de una entidad supra humana que ha determinado que el llevado hasta ahora ha sido, y debe seguir siendo, el camino correcto. Ciertos grupos ultra tienden a poner a distintos dioses y sus escrituras como argumento razonable para mantener el statu quo.

En cambio, si comprendemos que el mundo en que vivimos es producto y consecuencia de un desarrollo histórico social que, principalmente utilizando la violencia, ha puesto al patriarcado en el centro del desarrollo de la sociedad occidental. En definitiva, aquí está la estructura sobre la cual se ha construido, y ejercido, el concepto de poder.

Como plantea Callirgos (2003) “lo que se presenta como el modelo ideal de hombre no solo está relacionado con poder sobre las mujeres, sino también con poder ante el mundo: posesión de objetos y poder sobre otros hombres”. Entonces, la estructura de funcionamiento construida por el patriarcado no solo representa un riesgo para las mujeres, sino para la sociedad toda, hombres incluidos.  Porque, ya planteamos anteriormente, la idea de hombre desde el patriarcado representa un problema para el desarrollo sano y razonable del hombre mismo. Porque los hombres de verdad (Cazés, 2000), entendidos como aquellos que reflejan estos referentes propios del patriarcado, se muestran como diferentes y superiores tanto a las mujeres como al resto de hombres que no se ajusten a estas normas de la masculinidad hegemónica.

Y probablemente este es el lugar donde la masculinidad hegemónica (también tóxica) muestra su mayor grieta. Porque también se revela violentamente contra todo aquel que se salga de las normas, aunque genotípicamente pertenezca al colectivo.

Lo que debemos aprender, para poder posteriormente desaprender, es que «La virilidad no es estática ni atemporal, es histórica”; no es la manifestación de una esencia interior, es construida socialmente; no sube a la conciencia desde nuestros componentes biológicos; es creada en la cultura.

La virilidad significa cosas diferentes en diferentes épocas para diferentes personas» (Kimmel, 1997: 23), por lo tanto, no se trata necesariamente de eliminar la virilidad, sino entenderla como algo profundamente distinto a como la entendemos hoy. Se trata de entender que se puede y que no solo es deseable, sino que profundamente necesario para construir un contrato social coherente con las demandas que este siglo nos está mostrando.

Porque la forma de ser hombre actual está desencadenando en una serie de problemáticas que están afectando a las relaciones entre las personas, no solo las relaciones de género, también las filiales, sociales y hasta económicas. Pierre Bourdieu afirma: «ser un hombre es, de entrada, hallarse en una posición que implica poder» (Bourdieu, 2000), la pregunta fundamental es como vamos a irnos liberando de parte relevante de eso poder para ganar otras cosas que pueden ser tanto o más importantes en nuestro desarrollo humano, como son la vivencia adecuada del mundo emocional, le hermosa levedad que entrega no tener toda la responsabilidad sobre tus hombros y la profunda oportunidad que significa participar activamente en espacios antes restringidos, como es la crianza de los hijos.

El desafío no está en destruir la masculinidad, sino construir otras masculinidades alejadas del machismo y cercanas a la vivencia de ser humano más allá de la estructura genotípica que se nos dio como un regalo o un accidente, según queramos verlo, con el fin de construir una sociedad más justa.

Referencias bibliográficas

BOURDIEU, PIERRE. (2000): La dominación masculina, Editorial Anagrama, Barcelona.

CALLIRGOS, JUAN CARLOS. (1996): «Sobre héroes y batallas. Los caminos de la identidad masculina», Paidós, Barcelona

CAZÉS, DANIEL. (2004): «El feminismo y los hombres» en LOMAS, CARLOS. (2004): Los chicos también lloran, Paidós, México, 35-45.

KIMMEL, MICHAEL. (1997): «Homofobia, temor, vergüenza y silencio en la identidad masculina», Publicado en Ediciones de la Mujer. Núm. 24, Isis Internacional. Traducción de Oriana Jiménez.

LORENTE, MIGUEL (2023). Apuntes de clases. Universidad de Chile.

OLAVARRÍA, JOSÉ. (2004): «Modelos de masculinidad y desigualdades de género» en LOMAS, CARLOS. (2004): Los chicos también lloran, Paidós, Barcelona, 45-63.

 

Marco Antonio Abarca Araya

Psicólogo y fundador de la consultora Human Hub

Editorial

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *