Por Uwe Rohwedder, Decano Facultad de Arquitectura, Universidad Central
Durante los periodos electorales, las ciudades y sus problemáticas suelen ocupar un lugar privilegiado en los discursos de los candidatos. La desigualdad urbana, el déficit habitacional, la expansión descontrolada y la fragilidad de la planificación territorial se convierten en promesas de campaña, aunque muchas veces sin soluciones reales ni continuidad en el tiempo.
En un contexto global complejo y con crecientes amenazas climáticas, es urgente replantear cómo entendemos y planificamos el territorio. La recuperación de la naturaleza en la ciudad no solo mejora su biodiversidad, sino también la salud y el bienestar de sus habitantes.
Uno de los principales desafíos urbanos en Chile es el déficit habitacional, una problemática que se arrastra por décadas y que empeora año a año. No se trata solo de la cantidad de viviendas, sino también de la calidad de vida que ofrecen. El habitar mal, en entornos inseguros, hacinados o sin acceso a servicios, impacta directamente en la salud física y mental de las personas.
El urbanismo no es neutro. Vivir en espacios bien diseñados promueve relaciones sociales más saludables, reduce la violencia y mejora la convivencia. Por eso, las políticas públicas de vivienda y ciudad deben incluir asesorías técnicas urbanas y arquitectónicas con un enfoque multicultural y transversal.
El diseño urbano y la arquitectura deben avanzar hacia soluciones sostenibles, incorporando criterios de eficiencia energética, pero también de salud y bienestar. Hoy sabemos que el entorno construido incide en patologías mentales, en la agresividad infantil y en fenómenos de exclusión social.
La investigación aplicada y la innovación son herramientas clave para revertir esta situación. Pero también lo es la educación ciudadana: empoderar a las personas sobre su derecho a habitar bien, con acceso a infraestructura digna y espacios públicos de calidad.
Los anuncios sobre movilidad, aeropuertos, megapuertos o cárceles pueden sonar atractivos en campaña. Sin embargo, la verdadera transformación comienza por atender cómo y dónde vivimos. Este no puede seguir siendo un tema oportunista cada cuatro años: debe ser parte de una estrategia nacional permanente.
Chile necesita transformar el urbanismo en una política de Estado, con continuidad, visión de largo plazo y compromiso real. Solo así lograremos construir ciudades más justas, resilientes y saludables para todos.
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