El receso escolar no solo abre la temporada de viajes: también pone a prueba los acuerdos de cuidado entre padres separados. Especialistas advierten que la falta de planificación puede convertir el descanso en un foco de tensión familiar.
Las vacaciones representan una oportunidad para viajar, descansar y compartir en familia. Sin embargo, cuando existe coparentalidad, el fin del calendario escolar implica reorganizar completamente la dinámica cotidiana.
Durante el año, los horarios de clases estructuran los tiempos de cuidado. Pero en verano, esa referencia desaparece. Surgen preguntas prácticas: ¿con quién pasan más días los niños?, ¿se pueden realizar viajes fuera de la región o del país?, ¿qué ocurre si ambos padres planificaron actividades en las mismas fechas?
Según la abogada Natalia Reyes Inostroza, muchos acuerdos parentales están diseñados pensando únicamente en la rutina escolar, dejando vacíos importantes para períodos excepcionales como vacaciones de verano o invierno. “Cuando no existe una planificación específica para los recesos, cualquier viaje puede transformarse en un conflicto”, advierte.
En temporada alta, la planificación turística suele realizarse con meses de anticipación: pasajes, reservas, alojamientos y permisos. En contextos de coparentalidad, esta anticipación es aún más relevante.
Las controversias más frecuentes durante el verano están relacionadas con viajes programados sin información suficiente, cambios unilaterales en los días de cuidado o desacuerdos sobre salidas al extranjero. Estos escenarios, lejos de resolverse de forma simple, pueden escalar rápidamente hacia instancias judiciales.
La especialista sostiene que el enfoque debe cambiar: “La corresponsabilidad parental implica coordinación permanente, no decisiones aisladas. Si el cuidado se concibe como un derecho sobre el tiempo y no como una responsabilidad compartida, el viaje deja de ser descanso y se transforma en disputa”.
Desde la experiencia en tribunales de familia, los conflictos estivales se repiten cada año. Solicitudes urgentes por autorizaciones de viaje o modificaciones de fechas saturan el sistema judicial, generando estrés adicional en adultos y niños.
El auge del turismo familiar en verano —tanto dentro de Chile como al extranjero— obliga a incorporar la dimensión legal y organizativa en la planificación.
Especialistas recomiendan que los acuerdos de cuidado incluyan cláusulas específicas para vacaciones: distribución proporcional de semanas, reglas claras para viajes largos, plazos de aviso previo y mecanismos de resolución de desacuerdos. Este tipo de previsión reduce la improvisación y protege la estabilidad emocional de niños y niñas.
Además, la coordinación temprana permite acceder a mejores opciones de viaje y evita sobrecostos asociados a cambios de última hora.
“El descanso debe ser un espacio de bienestar. Cuando los adultos planifican con responsabilidad, las vacaciones cumplen su propósito: generar experiencias positivas y recuerdos significativos”, concluye Reyes.
En definitiva, el verano no solo es temporada alta para el turismo, sino también una prueba para la organización familiar. Convertir las vacaciones en una experiencia armónica depende menos del destino elegido y más de la capacidad de anticipar acuerdos claros y sostenibles.
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