Solidaridad: la herramienta olvidada para prevenir la violencia escolar

Solidaridad: la herramienta olvidada para prevenir la violencia escolar

Frente al aumento de los conflictos de convivencia escolar, especialistas y comunidades educativas plantean que la prevención debe comenzar antes de las sanciones, fortaleciendo la empatía, el respeto, el servicio y los vínculos entre estudiantes, familias y colegios.


La violencia escolar se ha convertido en uno de los principales desafíos que enfrenta el sistema educativo chileno. Agresiones entre estudiantes, bullying, ataques a docentes y conflictos trasladados a redes sociales han puesto la convivencia escolar en el centro de la preocupación de familias y comunidades educativas.

En este escenario, la pregunta ya no es solo cómo actuar cuando ocurre una agresión, sino cómo prevenir que los conflictos lleguen a convertirse en situaciones de violencia.

Las denuncias relacionadas con convivencia escolar concentran una parte importante de los reclamos que recibe la Superintendencia de Educación. A nivel internacional, la UNESCO también ha advertido sobre la magnitud del acoso escolar y sus efectos en el aprendizaje y bienestar de niños y adolescentes.

Frente a esta realidad, algunas comunidades educativas están poniendo el foco en una dimensión que muchas veces queda relegada frente a los protocolos y las sanciones: la formación de habilidades socioemocionales y una cultura basada en la solidaridad.

La solidaridad como estrategia educativa

En Fundación Nocedal, la solidaridad no se limita a campañas específicas o actividades realizadas durante determinadas fechas.

La institución plantea un modelo educativo que busca desarrollar desde los primeros años virtudes como la empatía, el respeto, la responsabilidad, la fortaleza y el servicio.

La apuesta consiste en transformar esos valores en experiencias cotidianas que permitan a los estudiantes aprender a relacionarse con los demás y construir comunidad.

“Muchas veces hablamos de convivencia escolar cuando el conflicto ya ocurrió. Nosotros creemos que la verdadera prevención comienza mucho antes, formando estudiantes capaces de reconocer la dignidad del otro, trabajar en equipo, dialogar y servir”, señala Miguel Arce, director de Desarrollo de Proyectos Educativos de Fundación Nocedal.

Desde esta perspectiva, la prevención de la violencia no comienza necesariamente con una sanción, sino con la capacidad de los estudiantes para reconocer al otro, comprender sus emociones y resolver diferencias mediante el diálogo.

La mirada coincide con enfoques internacionales que destacan el desarrollo de habilidades socioemocionales como un componente relevante para construir ambientes educativos más inclusivos y favorecer la convivencia.

Cuando servir se convierte en una forma de vivir

En los establecimientos vinculados a Fundación Nocedal, el trabajo de la solidaridad busca superar las actividades puntuales.

El proyecto formativo incorpora educación del carácter, actividades de servicio, acompañamiento entre estudiantes, formación espiritual y trabajo con las familias.

El desafío, explica el director de Formación de la institución, Andrés Benítez, es conseguir que las virtudes se conviertan en hábitos.

“No basta con enseñar que la solidaridad es importante. Hay que crear experiencias concretas donde los estudiantes descubran que servir a otros también transforma su propia vida”.

Desde esta mirada, acciones aparentemente sencillas como escuchar a un compañero, colaborar, agradecer o preocuparse por quien está solo pueden convertirse en aprendizajes relevantes para la convivencia.

La idea es que el respeto no dependa exclusivamente de la existencia de un reglamento, sino que también surja de una comprensión cotidiana del valor de cada persona.

La familia también juega un papel clave

La prevención de la violencia escolar tampoco se agota en las aulas.

Para Fundación Nocedal, la convivencia comienza en el hogar, razón por la cual el trabajo con las familias ocupa un espacio importante dentro de su propuesta.

La institución desarrolla programas de acompañamiento familiar, escuelas para padres, talleres y espacios de formación destinados a fortalecer el rol educativo de las familias.

Desde la perspectiva del psicólogo de la institución, habilidades como la empatía, el autocontrol y la resolución de conflictos no aparecen espontáneamente.

“Se aprenden observando modelos, conversando y viviendo experiencias donde los niños se sienten escuchados”.

La coordinación entre familias y establecimientos puede facilitar, además, la detección temprana de dificultades y permitir intervenciones antes de que determinados conflictos escalen.

Historias que muestran el impacto del servicio

Los resultados de un proyecto educativo no siempre pueden medirse inmediatamente. En muchos casos, aparecen años después, cuando los estudiantes comienzan a desarrollar sus propios proyectos personales y profesionales.

Una de esas historias es la de Vicente Ormazábal, quien creció en La Pintana, estudió en el Colegio Nocedal y actualmente cursa Pedagogía en Educación Física en la Universidad Andrés Bello.

Mientras desarrolla sus estudios universitarios, también realiza clases en el mismo establecimiento donde comenzó su formación.

“Volver como profesor es una forma de devolver parte de todo lo que recibí. Hoy quiero que los estudiantes sepan que también pueden construir un futuro distinto”, ha señalado.

Su historia se suma a las de otros exestudiantes como Víctor Villarreal, vinculado actualmente a la promoción de la convivencia escolar; David Méndez, quien desarrolló una trayectoria profesional en el ámbito tecnológico; y Rafael Méndez, periodista orientado a la comunicación de historias con impacto social.

Son caminos diferentes, pero con un punto en común: la idea de que el desarrollo personal también puede ponerse al servicio de los demás.

Más allá de las campañas solidarias

Durante agosto, numerosas organizaciones desarrollan campañas destinadas a reunir alimentos, ropa u otros elementos para personas que los necesitan.

Sin embargo, desde Fundación Nocedal plantean que la solidaridad puede tener una dimensión mucho más profunda.

No debería ser solamente una actividad anual, sino una cultura.

Eso implica aprender a escuchar antes de juzgar, dialogar antes de agredir, colaborar antes que competir y asumir que vivir en comunidad también implica responsabilidades hacia los demás.

“Las comunidades educativas necesitan mucho más que protocolos. Necesitan vínculos. Cuando un estudiante siente que pertenece, que es valorado y que también puede aportar a otros, disminuyen los espacios para la violencia y aumenta el compromiso con su comunidad”, sostiene Miguel Arce.

Educar antes de sancionar

Chile enfrenta un desafío complejo en materia de convivencia escolar. Los protocolos, las leyes y las políticas públicas siguen siendo herramientas indispensables para responder frente a situaciones de violencia.

Pero la prevención ocurre mucho antes.

Comienza cuando un niño aprende a respetar, cuando un adolescente desarrolla herramientas para resolver conflictos y cuando una comunidad educativa comprende que formar personas es tan importante como transmitir conocimientos.

En una sociedad marcada por la polarización, la incertidumbre y el debilitamiento de los vínculos, recuperar prácticas como la empatía, el servicio y la solidaridad puede convertirse en una herramienta concreta para fortalecer la convivencia.

Porque, al final, prevenir la violencia escolar también significa enseñar a vivir con otros.

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